lunes, 5 de septiembre de 2016

Verano coreano (y V): Busan


El punto final antes de mi regreso a Seúl, era Busan, uno de los lugares más habitables en los que he estado. Situada en el punto más al Sur de la península, es la segunda ciudad más grande de Corea y la gran capital portuaria del país. Cuenta con importantes puntos de interés, con tantas o más cosas para hacer que en Seúl, pero con un ambiente más fresco y relajado. Para mí, su principal atractivo es que está a la orilla del mar y esto siempre me condiciona a la hora de valorar un lugar (por eso me gustan Qingdao o Xiamen más que otras ciudades en China, por ejemplo). Aparte, su gastronomía, basada en los productos marinos, hace la estancia más grata si cabe. Por otro lado, una vez más tuve la suerte de ser acogido por una gran persona, Kyuman, un estudiante de medicina y luchador de kendo que hizo lo posible para que no me faltara de nada. Chapeau 




Un plato de mulhui (물회), delicioso

 






















El primer sitio que visite fue Gamcheon, un barrio pintoresco y muy colorido, en el que cada rincón era digno de fotografiar. Lo que en su tiempo fue una zona destinada a los refugiados durante la guerra de Corea, ha sufrido sucesivos lavados de cara hasta pasar a ser conocida como la Santorini del Este, aunque a mí más bien me vinieron a la mente las favelas de Rio.









































Al caer la tarde, aprovechando la caída del sol, mi anfitrión y yo bajamos hasta la concurrida playa de Songdo, a darnos un baño después de otra calurosa jornada veraniega. Después dimos una vuelta hasta llegar al puente de Namhangdaegyo, desde donde observamos nuestro destino del siguiente día: Jagalchi, el mercado de pescado más grande de Corea.







Entre estanques con enormes cangrejos, descomunales pescados y barreños con criaturas marinas que jamás me habría planteado que podían ser comestibles, disfrutamos del mercado de Jagalchi y su espectacular ambiente. En el segundo piso hay restaurantes donde probar las especialidades locales. Estuve a un paso de probar el nakji, un pulpo pequeño que los coreanos se comen crudo. Mi vena temeraria me incitaba a aventurarme con este plato, pero después de escuchar a Kyuman explicándome que cada año siempre muere alguien porque el dichoso pulpito se escabulle por el conducto equivocado, entorpeciendo la respiración del comensal, me lo pensé mejor y decidí decantarme por unos calamares fritos. Sí, amigos, me voy haciendo mayor.







Busan fue el genial colofón a un viaje que, si bien no ha llegado a dejarme la huella del de Myanmar, ni ha tenido la misma dosis de acción que el de Laos o Indonesia, sí que me ha dejado una impresión tan grata como los anteriores, y desde aquí recomiendo que visitéis Corea si tenéis la oportunidad. Me ha gustado tanto que no descartaría probar suerte allí si las circunstancias son idóneas, quién sabe, yo de momento he vuelto a estudiar coreano por lo que pueda pasar.





 


















“Empezar es la mitad de la tarea”.

Proverbio coreano

 
PD: Si queréis conocer más sobre Corea y su cultura, aquí os dejo el enlace al fenomenal blog de Robert, “Paella de Kimchi”: http://paelladekimchi.com

lunes, 22 de agosto de 2016

Verano coreano (IV): Ulsan


Al igual que ocurrió con Punggi, el motivo de visitar Ulsan vino provocado por la propuesta de un miembro de Couchsurfing, Pancho, de quedarme en su casa en el campo un par de días. Como mi plan era bastante flexible, acepté, pudiendo conocer así a una gran persona. Con casi 70 años, pero con un estado físico más propio de un treinteañero, este coreano se ha paseado por medio mundo, sobre todo tras su jubilación, ejemplificando que el afán de conocimiento y el ansia de recorrer el mundo no tiene límites. Un ejemplo a seguir sin duda.

































 

A decir verdad, la casa de Pancho estaba más cerca de Eonyang, un pueblo cercano a Ulsan. El día que llegué, mi anfitrión me llevó a dar una vuelta por los alrededores hasta los petroglifos de Bangudae. Distribuidos en dos paredes rocosas se pueden encontrar grabados representando a animales, escenas de casa y pesca y estructuras geométricas de significado hasta ahora desconocido. Uno de los tesoros del arte prehistórico en Corea.


















En otro caluroso día más, Pancho y yo estuvimos visitando algunos lugares emblemáticos en Ulsan y alrededores, empezando por un bosque de bambú a orillas del río Taewha. Quizás no sea muy espectacular (sobre todo si ya has visto bambú anteriormente) pero al menos es un buen lugar para poder pasear sin temor a jamacucos en jornadas estivales como aquella. Muy cerca hay un curioso túnel de cuyo techo cuelgan calabazas y otras hortalizas de varios tamaños y curiosas formas.





A continuación, fuimos a Daewangam Songnim, traducido como “bosque de pinos”, situado a la orilla del mar. Fue el lugar que más me gustó en Ulsan y en el que más cómodo me sentí, más que nada por la brisilla que refrescaba algo la temperatura. Me impresionaron las medusas del tamaño de un balón de playa que podían avistarse desde los acantilados. En algunas calas se pueden degustar mariscos recién sacados del mar por señoras que los cocinan ahí mismo, a primera línea de costa. Todo un lujazo.







Nuestro último punto fue el cabo Ganjeolgot, el punto más al Este de la península coreana, muy popular entre los turistas locales y donde se celebra un importante festival del 31 de diciembre al 1 de enero para celebrar el primer amanecer del año. Además, desde hace un par de meses el lugar ha aumentado en popularidad ya que, nota friki, es uno de los pocos lugares en Corea donde se puede jugar al Pokemon Go. Ya decía yo que había demasiada gente dando vueltas de un lado a otro con el móvil en la mano… Para mí, lo más especial de este cabo fue que alcancé el punto más al Este en el que nunca había estado antes (el anterior record lo tenía Shanghai) y eso para un viajero es siempre algo que celebrar.





 






























 


Sin duda, lo mejor de estos dos días, además de rozar por fin el mar, fue la convivencia con Pancho y las conversaciones que tuvimos sobre varios temas: viajes, situación de las dos Coreas, idiomas, etc. Espero que logre continuar la trayectoria, volver a España a por su tercer camino de Santiago y otros proyectos que tiene pendiente. Estas son las personas que yo pondría como modelo de referencia, con ganas de descubrirlo todo y una actitud ante la vida que ya la quisieran tantos adolescentes y jóvenes en edad cronológica. Un genial aperitivo antes de mi último objetivo: Busan.



 





















“Piedra que rueda no cría moho”.

Proverbio coreano

miércoles, 17 de agosto de 2016

Verano coreano (III): Gyeongju


Rodeada de arrozales y verdes colinas, Gyeongju, capital de la provincia Gyeongsangbuk, fue en la antigüedad una de las principales ciudades coreanas, capital del glorioso reino Silla, que gobernó la península más de 900 años. Aquí se encuentran algunas de las mejores muestras de su legado cultural, tanto en la parte antigua de la ciudad como en los alrededores, atractivos también desde el punto de vista paisajístico. Un lugar relativamente desconocido para los turistas occidentales, aunque muy popular entre los locales, que no puede faltar en ningún itinerario por Corea.





Nada más llegar y a pesar del calor que estaba haciendo, salí con muchas ganas hacia el maravilloso templo budista de Bulguksa, a pocos kilómetros de la ciudad. Quizás sea esta una de las construcciones más impresionantes de la arquitectura coreana, aunque para los familiarizados con los templos chinos o japoneses, el efecto es algo más descafeinado. De todas formas, la visita vale la pena, más si la completamos con la ascensión a la gruta Seokguram, en cuyo interior se halla un solemne buda de piedra.





































Algo más amena se me hizo la jornada siguiente con la subida a la montaña Nansam. En el recorrido se puede ir encontrando reliquias budistas, como estatuas y relieves en las rocas, logrando una perfecta combinación entre turismo cultural y natural. Por el camino me encontré con un simpático grupo de senderistas coreanos con los que alcancé la cumbre. El descenso, entre senderos tortuosos y riachuelos, me recordó, salvando las diferencias, a aquella vez en Indonesia bajando el volcán Sibayak, aunque en esta ocasión el camino estaba mucho mejor señalizado y no tenía la constante sensación de que en cualquier momento podía servir de aperitivo para algún depredador.

























 











Tras una merecida siesta, me lo tomé con más tranquilidad y me di un paseo por la parte céntrica de Gyeongju empezando por el Tumuli Park. Este parque se caracteriza por sus montículos verdes que no son otra cosa que tumbas de miembros de la dinastía Silla. A pesar del componente macabro, la atmósfera del parque es idílica con una musiquilla ambiente que invita a relajarse. Muy cerca se encuentran las ruinas del observatorio astronómico Cheomseongdae, supuestamente el más antiguo de todo el Extremo Oriente. Siguiendo hacia el sur hay un pequeño pantanal plagado de nenúfares, ideal preámbulo para los que quieran visitar el estanque Anapji, otro de los sitios más populares entre los turistas, pero que preferí reservar para un posible futuro regreso, esta vez en pareja.







Dos días en Gyeongju se me hicieron cortos teniendo en cuenta todo lo que me recomendó el dueño del hostal donde me alojé, el Hanjin Hostel, muy básico pero bien localizado y con un precio razonable. Con ganas de seguir disfrutando, seguí rumbo a la costa sureste, a exprimir mis últimos días en tierras coreanas.







 

Si no caminas hoy, tendrás que correr mañana”.

Proverbio coreano


martes, 9 de agosto de 2016

Verano coreano (II): Punggi y Andong


Tras el ajetreo de Seúl marché en dirección Sureste, hacia la provincia de Gyeonsangbuk, una zona de campiña fértil entre cordilleras con sensacionales paisajes y vestigios históricos desparramados por sus poblaciones. Una de ellas, Punggi, no es lo que se dice un lugar turístico, al menos para los extranjeros, pero decidí hacer un alto en casa de una familia de “couchsurfers” trotamundos que me propuso quedarme allí un par de días. Pronto pude descubrir que el lugar, aparte de ser famoso por su jengibre, cuenta con lugares interesantes en sus alrededores, como el parque nacional de Sobaeksan, donde pasamos prácticamente un día entero. Fue una jornada estupenda en medio de un fantástico paraje natural y acompañado de una familia encantadora, bebé de seis meses a cuestas incluido.


























La ciudad de Andong es bastante más conocida sobre todo por el legado cultural que posee. Cuenta la anécdota que cuando Elisabeth II, reina de Inglaterra, estuvo de visita hace unos años dijo que quería visitar el lugar más coreano de Corea y la llevaron aquí. Nada más llegar, mi anfitriona y su novio me llevaron a un bonito parque donde se pueden ver réplicas de casas tradicionales coreanas y visitar de paso el museo del folklore. Aquí se puede encontrar abundante información sobre ceremonias, rituales, vestimenta, juegos, y otros elementos de la cultura coreana. Como colofón, tras una opípara cena, asistimos a una representación de una obra de teatro clásico coreano. No consigo recordar el nombre, pero iba de un gobernador que se enamora de una concubina, pero, por lo que vi, su amor era imposible. La puesta en escena me dejó embobado hasta el final. Espectacular.









A la mañana siguiente me fui solo a dar una vuelta por el barrio de Sinse-dong, un auténtico museo al aire libre, con casas viejas cuyos muros han sido redecorados por estudiantes de arte. Esta iniciativa dotó de nuevo de vida a una urbanización condenada al abandono. Merece la pena pasear por esta zona y contemplar los detalles en cada rincón.








Al mediodía, de nuevo con mis anfitriones, nos acercamos a la aldea Hahoe, patrimonio de la UNESCO, a pocos kilómetros de Andong. Aquí se preserva de manera excepcional una buena muestra de viviendas tradicionales coreanas, muchas de ellas todavía habitadas. También es el lugar ideal para contemplar la danza de las máscaras, representativa de Andong, pero ese día resultó que no tenían función. Después de recorrer cada callejuela y plazoleta, es recomendable subir a la cima del acantilado Byongdae desde donde podemos disfrutar de una vista general completa de la villa y sus alrededores.











Satisfecho por lo vivido y el trato recibido, continué mi camino hacia el sur, rumbo a Gyeongju, una parada clásica para los que visitan esta región. Seguía sintiéndome pletórico, no tanto por los lugares en sí, sino por cómo la gente que me acogió se portaba conmigo, de forma tan amable y afectiva. Para mí era un verdadero lujo poder pasar mi tiempo con ellos y poder conocer con más detalle si cabe los sitios que había incluido en mi itinerario. Una experiencia que merece las mejores páginas de este blog.


















“Un momento es más valioso que miles de piezas de oro.”
Proverbio coreano

viernes, 5 de agosto de 2016

Verano coreano (I): Seúl


Este verano he cambiado la dinámica de viajes vacacionales y en lugar de volver a España me he decantado por quedarme en Asia. Como el ambiente veraniego en mi ciudad no es lo que se dice la juerga padre, decidí escaparme un par de semanas a uno de los poquitos países asiáticos que me quedaban por conocer: Corea (la del Sur digo). Me he llevado una grata impresión tras unos días maravillosos, donde he vuelto a hacer “couchsurfing”, pudiendo conocer más fondo la cultura y el día a día de sus habitantes. Me ha sorprendido que en un país tan cercano a China y con muchos puntos comunes a nivel histórico, se puedan dar tantas diferencias en la conducta y el carácter de la gente. No puedo más que quitarme el sombrero ante las maneras y forma de actuar de los coreanos que, por lo que me han dicho, hace unos años también tenían comportamientos muy similares a los chinos.

Zona de fumadores en una calle de Seul





 











Mi primera parada fue, como no, la capital, Seúl. Una moderna y enorme urbe de unos doce millones de habitantes, con un transporte excelente y ordenado e infinidad de cosas para hacer. Quizás se echen de menos más lugares de interés histórico (la mayoría son reconstrucciones) pero no por ello deja de ser un lugar atractivo para visitar.

Vista desde la torre Namsan





En mi primera mañana estuve participando en un taller cultural que organizaba una pequeña empresa llamada “The Corean Studio”. Tuve la suerte de formar parte del grupo de prueba que, de manera gratuita, disfrutó de algunas actividades que acercan a los extranjeros a la cultura coreana. Así, repasé y aprendí algunas nociones básicas del idioma coreano, descubrí aspectos culturales y disfruté de mi primer almuerzo típico coreano, con pollo frito y kimbap (arroz revuelto con verduras o carne enrollado con algas frescas). Todo un lujazo para comenzar.

 
Mi nombre en coreano















 


Luego me fui a dar una vuelta con Cihan, un alemán de origen turco que también participó en el evento, y acabamos en la Nansam Tower, el observatorio por excelencia de la ciudad desde donde se aprecia cada ángulo de la misma. Conforme bajamos nos adentramos en el barrio de Myeongdong, una de las principales zonas comerciales, atestada de tiendas de cosméticos, ropa y accesorios. El paraíso de los turistas chinos que acuden como moscas a la miel atraídos por precios más asequibles que en China para ciertos productos de belleza.

 




La segunda jornada fue más cultural por decirlo de alguna manera, visitando dos lugares donde poder profundizar algo más en la historia de Corea. El primero fue el museo de la guerra (National War Museum), un lugar indispensable no solo para conocer más a fondo la guerra civil entre el norte y el sur y los orígenes que explican la situación actual, sino que también incluye una enorme zona dedicada enteramente a la historia antigua desde los primeros imperios. Todo un cúmulo de emperadores, reyes, batallas, etc., que me hizo reflexionar sobre el poquito caso que hacemos en nuestro sistema educativo de la historia de Asia (esto también se aplica a China, Japón, India, etc.). Es un lugar primordial para los amantes de la Historia.

 



La segunda mitad del día la pasé en el palacio de Gyeongbok, el más grande y llamativo de Seúl, aunque buena parte de sus estancias son restauraciones (los japoneses lo destruyeron dos veces a lo largo de la Historia). De todas maneras merece la pena pasar un rato recorriendo cada rincón. Una cosa que me llamó la atención aquí es que había varias chicas (y algún que otro chico) vistiendo el hanbok, el traje típico coreano. Más adelante me enteraría de que yendo de esta guisa la entrada es gratuita aquí y en otros monumentos de la ciudad. Me parece una medida muy interesante y divertida y de la que otras ciudades podrían tomar ejemplo (aunque no sé yo si me gustaría ver la Mezquita de Córdoba repleta de turistas vestidos de flamenca…).







No se me ocurrió mejor manera de concluir el día que visitar un mercado tradicional coreano. Me habían recomendado el de Gwangjang, donde disfrutar de snacks tan populares como el bindaetteok (un pastelito de frijoles), soondae (una especie de morcilla) o el omnipresente kimbap. Mis favoritos fueron los dumplings (empanadillas) rellenos de kimchi (col china marinada).






El viaje empezaba muy bien y me quedé con ganas de estar un tiempo más recorriendo más zonas de Seúl, pero había que continuar dando el salto a la campiña coreana, visitando zonas más remotas pero igualmente atractivas. Seguiremos en la próxima entrada.



 

“Donde hay voluntad, hay camino.”

Proverbio coreano